Zapatero o la insoportable levedad de creerse ser

23 noviembre 2011
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Por Aquilino Quintás

Amaneció como otro día cualquiera, abrió los ojos, recordó y prefirió no haber despertado.

Fue cuando lo de Rodiezmo, o quizá antes, cuando se le tornaron acíbar las mieles de la gloria. Hasta entonces todo había sido para él como un paseo militar. Se sentía dueño y señor de todo lo visible y lo invisible (y eso que lo invisible para él era casi todo), y creyéndose rey “vive con ese engaño mandando, disponiendo y gobernando” al ritmo que le marcan con los aplausos su coro de dadivados.

Ocho años tuvo a prueba de paciencia a los españoles. Durante ese tiempo se dedicó a destapar tumbas y colocar amiguetes de su altura para que no le hicieran sombra. Y avivó la memoria histórica de tal forma que siempre le recordaremos como el guiñol de la memoria. Formó un Gobierno con exquisita paridad que dio en parida. Y alimentó una crisis que negaba que existiera hasta que acabó devorándolo. Su corte empezó a darle de lado y, así como César tenía su Bruto, él tuvo su Rubalcaba que le ayudo a meterse mar adentro. Podría decir que él no tuvo culpa, que se dejó llevar, pero sería insultarle y no quiero. Ahora, aunque incurablemente desolado, alguien como él, como yo, como todos, cada día estamos más cerca de la verdad que de la hipótesis. Las urnas nos han ayudado a ello. Ya sólo resta cerrar este capítulo de desencanto y ruina.

Pero el PSOE tiene que depurase: Zapatero debe desaparecer de escena, y que se lleve a Chaves; y reorganizarse. O más bien, reinventarse. Y no faltarán candidatos: desde el mismo Rubalcaba hasta Carmen Chacón, Eduardo Madina, Patxi López… y quien sabe si el omnipresente José Bono. Pero que vuelva a ser un partido con fuerza suficiente para una sólida oposición, porque una mayoría absoluta no es bueno.

Para el PP las urnas han sido más benignas que la filantropía (la caridad bien entendida empieza por uno mismo, habrán pensado los votantes). Rajoy es el hombre sosegado y dialogante que hace falta aquí y ahora para sacarnos del abismo en que hemos caído. Le hace falta tiempo, y se lo hemos de dar sabiendo que no va a desperdiciarlo. Rajoy sabe medir y utilizar muy bien los plazos de la política. Sin prisa pero sin pausa. Lo ha demostrado aguantando el tipo y el gesto, a pie firme, sin moverse del sitio, mientras recibía empellones de derecha e izquierda (él lo ha confesado). Y ha sabido deshacerse de los infieles que, embutidos de esperanza, le ponían zancadillas, y rodearse de fieles de su absoluta confianza. Ya ha reconocido a cuatro de los suyos: Sáenz de Santamaría, Cospedal, Mato y Carmen Martínez Castro. A estas cuatro compañeras les ha señalado como insustituibles en su equipo. Pero hay más nombres, y todos altamente cualificados para cualquier ministerio que se les otorgue. España vuelve a estar fuerte y los españoles llenos de confianza. Grecia e Italia parecen ahora más lejos que hace una semana.

Pero tiene que palparse la ropa el futuro presidente con la gente que lleva en su carro, no le pase lo que a los otros. Ahí hay gente que aunque le sonríen no le besan precisamente con la mirada. Esperanza e Ignacio González ya fueron unos desleales con Rajoy en el Congreso del PP de Valencia que se celebró hace cuatro años. Ahora esta pareja de conveniencia lo tiene todo perdido y, como donde no hay harina todo es mohína, deben estar metiéndose el codo para quítate tú que me pongo yo. Se cuenta por ahí que Ignacio está urdiendo un plan para que la presidenta se vaya al Ayuntamiento y así quedarse él en la Comunidad. Para ello, están desacreditando a Ana Botella, con la idea de que ni ella quiere (y está deseando) ni sería capaz. IG está convenciendo a la abuela Aguirre de que su mejor destino es ser alcaldesa para cerrar el ciclo (ha sido presidenta del Senado, ministra de Educación, presidenta de la Comunidad de Madrid) y así él se asegura la Comunidad. Pero el sagaz Rajoy no va a entrar a ese trapo, y menos para favorecer al individuo que puede que más daño le ha hecho y más ha conspirado contra él. Y el tal Ignacio para tragar ese sapo buscará agua. ¿Cómo? Privatizaría el Canal de Isabel II y se quedaría de presidente, con mucho poder y sueldo. Y Aguirre bendecirá ese gesto. Algo tendrá el agua (la del Canal) cuando…

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