Tres días después de ganar el Mundial, Zapatero recoge los frutos en el Debate del Estado de la Nación

15 julio 2010
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Rojo, azul, igual da. “Blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones.” (que dijo Felipe González con aquella oriental demagogia ceceante con que se ganaba al pueblo). Resultados. Eso es lo que importa. Zapatero ya sabía cual iba a ser el resultado de España en el Mundial cuando dijo: “He entendido que es la manera más útil y eficaz de poner en un primer plano el apoyo al deporte español, donde cosechamos éxitos…”, y se autoerigió máximo responsable del Consejo Superior de Deportes. Ahí están los resultados de la selección, blau o grana, que lo demuestran. ¡España campeona del Mundo! Lo sabía, como sabe todo, frotando su bola de cristal. Esa que le dice todo lo que quiere oír cuando la consulta, sin importarle el color del cristal en el que mira.

Pero donde le gusta mirar a Zapatero, donde le gusta mirarse, es en España. Como si un Dorian Gray fuera se mira en España como en un espejo, y ve como esta se deshace y deteriora mientras él sigue igual de soberbio.

 “Un tonto nunca se repone de un éxito”, nos dejó dicho Wilde. Mas como este no es el caso, Zapatero ha vuelto hoy por donde solía, a recibir del escaño el coro que le cante las verdades del barquero. Él, como Gray, sabe que todo lo que le presentan, desde la tribuna o desde los escaños, es la consecuencia de sus obras; es el precio que ha de pagar España para él poderse mantener siempre igual. Por eso ve y escucha  impertérrito todo lo malo que le dicen que acontece. Por eso contesta a todo con la desfachatez que contesta, utilizando una demagogia heredada y multiplicada que domina a la perfección. Lo de ayer fue un paseo militar para el presidente, pero poniéndose de pie. A Zapatero no le costó nada parar, diblar y despejar, que para eso viene de ganar un Mundial. Y lo de la oposición fue una deposición que, como tal, no sirvió para nada. Una vez más, y tú más. Y Rajoy, esperando el Santo Advenimiento.

El de ayer fue un encierro largo, con Gigantes y Cabezudos, para una jornada en que  terminó cantando todo el mundo el “Pobre de Mí”. ¡Que no falte nunca la fiesta!

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