Que c’est triste Venancia

6 julio 2010
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Diálogos con su chispita

Por Gascón Bolín

Hoy se lo decía a mi chica: —Hace un día insoportable de calor. Está para meterse bajo la ducha y no salir hasta la hora de recoger el primer premio a “La arruga es bella”. O para ir a remar a Venecia (o a El Retiro, que es la Venecia que tenemos aquí, en Madrid), a ver si nos salpica algo de agua y nos refresca, Venancia.

Pues ella que no, que es un orgullo atenderme, que en casa se está guay y que es mejor que me fuera solo. Y me echó de casa. Así que ahí la he dejado limpiando como una posesa. O por lo menos eso parecía cuando me marchaba. Claro que puede que nada más cerrar la puerta se haya sentado con un plato de croquetas ante la tele a ver “Sálvame”, que le pirria. Y la verdad es que si no se limpiase los dedos en el reposacabezas, que luego me siento yo y salgo con el pelo como el de un gitano, me daría igual. A mi, ya, todo lo que haga mi chica me da igual mientras no me pida nada a cambio.

Bueno, el caso es que allí la dejé con fingida cara triste, y yo partí a El Retiro, no sé si huyendo del calor o buscándolo, porque ahí también cocían habas (nunca mejor dicho). Hacía un sopor, una calorina… que menos mal que quitaron la Casa de fieras porque si no estarían todos los bichos disecados. Por cierto, que al pasar por delante de la Casa de fieras he visto un cartel que ponía que ahí mismo se iba ha construir una biblioteca. Ahora que ya no hay leones. ¡Tiene guasa la cosa!

Pues seguí mi camino de atravesar El Retiro de Menéndez Pelayo a Alfonso XII. Lo hice sin salirme de la sombra, hasta llegar a un banco que, también en sombra, me pedía a gritos que me uniera a él. Allí me senté, con el monumento a Cajal a mis espaldas, de cuyas fuentes que le adornan: Fons vitae; Fons mortis, manaban sendos chorritos que al estrellarse en el estanque mandaban a mis derretidos oídos un rumor tan agradable pero despiadado al mismo tiempo, que no sabía por cual decidirme. En frente, los juegos de unos críos que con un griterío enorme se empapaban con el agua cogida con botellas de plástico de una fuente próxima, también me aliviaba. El aire no movía una hoja, por lo que deduje que las hormigas que caían del castaño de indias que me cobijaba a mi cabeza y por dentro del cuello de la camisa eran las que se querían suicidar. Los gorriones bajaban a plomo a mis pies, y no se marchaban ni dándoles patadas en la cola. Las palomas no tenían patas, todas estaban como ensaimadas aplastadas en la hierba. Claro que así, pero en bañador o similar, también había un montón de gente salpicada por las partes sombrías del parterre; o las soleadas, bronceándose. Y yo, estoicamente sentado observando toda esa naturaleza a mi alcance, sin disfrutar de una ligera brisa, ¡qué digo! ni una brizna de viento. El único céfiro que me llegaba es el que levantaba algún temerario deportista cuando pasaba corriendo por delante (que hay que tener… bemoles para, en un día como este que ha hecho hoy, ir corriendo sin que te persiga nadie). Bueno, pues tras el relajante descanso, seguí mi andadura hasta el ignívomo asfalto. Una vez allí, en un puesto que resultó no ser un espejismo, compre una botella de agua. —Las que tengo están medio congeladas, me dijo la vendedora. —Da igual, le contesté. Y se la arranque de la mano por un euro. Me la bebí de un trago. Y ahora estoy casi deshidratado, agotado y sin voz, rememorando un día tan maravilloso. ¡Ah¡ y maquinando cual va a ser el momento propicio para un quid pro quo con mi chica.

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